miércoles, 10 de julio de 2013

Un pequeño relato…

Había llegado el momento de enfrentarme a unas de las grandes realidades, a esos momentos que marcan puerto de montaña en la ruta de nuestra vida. No sabía qué iba a pasar ni qué me iba a encontrar, pero sí sabía que buscaba. Busca un rostro muy conocido por mí. No tardé en encontrarlo y entré sin vacilar.

Allí estaba esa mujer tan familiar, con tubos, gomas y cables saliendo de su cuerpo y recorriendo un breve trecho hasta llegar a un monitor que transformaba la vida en números y en gráficos ondulantes de varios colores.

Cuando me vio, su expresión fría de hacía unas pocas horas, se de borró casi de inmediato. Sus ojos se apretaron dejando salir lágrimas de impotencia, miedo y a la vez alegría por ver un rostro conocido en aquel mar de personas vestidas de verde. “Ya no hace falta que seas fuerte”, susurré para mis adentros, “Ya estoy aquí para serlo por ti”.

Con las pocas fuerzas que tenía, se las ingenió para poner un dedo encima de la fría barandilla. Un dedo que cogí y ella apretó fuerte como un bebé aprieta el de su madre. El miedo se reflejaba en sus lágrimas y me hizo, quizá, la pregunta que más terror le había dado hacer en toda su vida. “¿Qué os han dicho?”. “Todo bien”, dije forzando una sonrisa, “todo está donde tiene que estar, y lo que no debía estar, ya no está”. Y volvió a derrumbarse, dejando escapar la tensión acumulada durante estos meses.

Yo seguía forzando la sonrisa, pues la visión de ese rostro atravesado por una goma para que pudiera respirar apenas me dejaba sitio a la verdadera alegría que sentía porque esa maldita enfermedad, aparentemente, ya no estaba. Esa enfermedad que nadie sabe de dónde viene, pero todos sabemos donde nos lleva.

Mientras ella lloraba observé su rostro, erosionado por el tiempo, por mil risas y mil llantos. Un rostro duro que ahora no parecía tener más de ochos años. Ahora era como una niña, que buscaba el consuelo de los que estábamos allí.

Haciendo acopio de fuerzas, se soltó de mi mano y cogió la mano del que me acompañaba. “No llores más, ya ha pasado” Decía mi acompañante con ternura mientras le acariciaba la frente y se aferraba a su mano depositándo fugaces besos en ella.

Quería estar allí, pero era hora de dejarlos a solas un rato. Di un paso atrás, solté una excusa estúpida y salí, no sin antes mirar una última vez. Ella llena de cables, sin poder hablar, pero eso a él no le importaba, él seguía acariciándola el pelo y susurrándole cosas. Sonreí. Era mi madre y mi padre, era el final de un capitulo angustioso de un libro muy extenso. La guerra podría continuar, pero esta batalla ya estaba ganada.

Me fui conteniéndome. Sentía alegría y por primera vez, sentí envidia de mi padre, de su forma de vivir los sentimientos. Él es de la personas que hace que los sentimientos puedan con todo. Y mi madre, había dado otra clase magistral de templanza y fortaleza en los peores momentos. Había mucho que aprender de aquello.  Salí de allí contento y con otra lección bien aprendida.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Ye tio suena serio, espero que sólo sea una zumbada tuya, pero si es algo real ¡ánimo! Así como no hay enemigo pequeño, no hay enemigo invencible.

Anónimo dijo...

Goreje dice: Macho que fuerte....

tito mati dijo...

Me dejas sin palabras... No sé que decir... ante esta historia

Menuda mierda de comentario..pero me has bloqueado, hermano.

Lo siento...tío... y a la vez me alegro... de que este capitulo de tu historia llamada "como la vida misma" haya salido bien.

No sé...

"el tito mati"...ahora es " el papi mati"